miércoles, 12 de octubre de 2011

sin poder disimular su amor*

por la mañana sale de un edificio y se toma un café y se estudia el periódico, está recopilando palabras
leyendo se da cuenta de que el indie ha muerto
por la tarde no le pasan cosas reseñables
por la noche sale de otro edificio y es invierno, pero hace calor, y se toma una cerveza, una mezcla de rubia y negra, que es de color rojo
lo amargo es bello y necesario
y oye y mira a la gente, y va escribiendo en su libretita imaginaria: "todo me parece una mierda" o "la vida da muchas vueltas"
y más tarde entra en el primer edificio y allí hace más calor y hay más gente y hay más periódicos

y piensa en ella

mientras se toma un colacao






*Nadadora,Family

domingo, 25 de septiembre de 2011

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Querida amiga:

Te recomiendo abandonarte a este placer.
Pasar todo un día leyendo solo poemas.
Y al final, saturada, rellena de poesía como un pavo,
esto.

La urgencia de mostrar el resultado:
un zumo de frutas con pulpa, con pepitas.

El mundo es absurdo.

Lo decimos siempre que hablamos, pero no sabemos hasta qué punto.
No sabemos cuánto sinsentido somos capaces de soportar.

Hay que aceptarlo todo. 

Hay que contribuir.

martes, 20 de septiembre de 2011

Algunas cosas mejoraron


Una vez existió una muchacha muy guapa, bondadosa y alegre. Vivía en una pequeña aldea. Su padre, un carpintero que trabajó en la construcción de la vía del tren - y en sus túneles -, murió cuando ella tenía tres años, de algo del pulmón. Tenía una hermana pequeña de quien nunca se separaba. En su casa vivían también los abuelos y los tíos maternos. Nueve personas para cuatro habitaciones. Todos los días desayunaban, comían y cenaban caldo. El pan era casi siempre viejo. Cuando nadie la veía cogía un trozo y lo metía en azúcar. Su golosina favorita. La única. Su mayor miedo infantil era que su madre se muriese o que alguien la raptase. Su juego preferido, vestir y peinar mazorcas de maíz como si fuesen muñecas. Cuando cumplió los catorce dejó el colegio y se fue con su madre a coser por las casas. La máquina pesaba un poco. Allí las trataban bien, la mejor comida era para ellas. En su tiempo libre ya no jugaba, ahora leía novelas que le dejaba el cura. Con veinte años marchó a la ciudad para hacer un curso de corte y confección. En los pocos viajes que hacía para visitar a su familia conoció a un hombre,  el cobrador del autobús, que siempre intentaba sentarse a su lado y darle conversación. Tenía la nariz muy grande pero le parecía muy guapo. Una vez fueron al cine a ver Genoveva de Bravante, su novela favorita de cuando era más joven. Los hombres en el cine reían. Ella lloró. Después de tres meses de relación decidieron casarse. Nunca pensó que se casaría por amor. Vivieron en varios pueblos hasta que compraron un piso en la ciudad. Les costó 300.000 pesetas y tuvieron que pedir dinero prestado para pagar la entrada. Al año y medio nació su primer hijo, a los tres años una hija. Y mucho tiempo después, otra niña. Su hermana se casó y se fue a vivir muy cerca. Las dos familias pasaban mucho tiempo juntas, sobre todo las madres con los niños cuando ellos no estaban. 
Los niños crecieron. 
Algunas cosas mejoraron. 
Otras no. 
Los abuelos murieron. Su hermana murió. Su marido murió. Su madre murió. Los hijos se fueron de casa. Tuvieron hijos. También se fueron de casa.

 A esta hora estará haciendo la comida. ¿Tienes hoy caldo para comer, mamá? 



domingo, 18 de septiembre de 2011

libro, palabras de otros

Algunos días no escribo una sola palabra.

Pero necesito escribir. Sobre todo necesito teclear.
Escribo palabras de otros.
Escribo un libro en mi cabeza.
Es más rápido que con el teclado.
No me importa olvidarlo.
No creo que tenga mucha importancia.

Me acuerdo de algo de lo de ayer.

Ayer dije, pensé, escribí.
Dónde dejé la consciencia.

Septiembre es despertarse de golpe.
Desconcertada y culpable.

Tengo esta edad, estoy en esta situación.
He evolucionado.
Y al mismo tiempo no.
A ver, qué hay que hacer ahora, qué hay que pensar.

Me tomo un café en mi taza de flores y busco música rara, tristísima, en Spotify.

Es necesario irse, cuidarse.